No encuentro descanso en mis archivos.
Tampoco encuentro los cajones que alguna vez fueron etiquetados con tu nombre.
Me paso horas rearmando aquel lugar,
Pisando páginas y recuerdos de lo que fue, papeles mojados, promesas resquebrajadas, besos que se secaron, abrazos que se enfriaron.
Y ahí, luego de seguir los vestigios que dejó el tornado, encuentro su madera cedida, rota, vulnerable. Mi cajón predilecto, el que albergaba mis añoros, mi cariño junto al tuyo, el sonido de tu voz cuando me llamabas o el brillo de tus ojos cuando me admirabas, se encuentra… vacío entre astillas diminutas.
Y ahora lo entiendo. Te llevaste todo.
Te llevaste una parte de mí irrecuperable, mi lado descolorido, torpe y sonriente, te cargaste en la mochila mi voz, mis manos, mi calor. Te robaste con tus pupilas mi brillo y te llevaste el tuyo, el que me pertenecía, lejos…
Duele este saqueo, más de lo que alguna vez me dolió algo y de rodillas decido juntar las piezas de nuevo, sin apuro de volver a armarlas y su sensación en mis manos me estremece.
No, no te llevaste nada de mí, no me quedé con nada tuyo… porque al alzar la cabeza y entrecerrar la vista a lo lejos… el cajón más importante sigue en lo alto, archivado y lustrado: El nuestro, el verdadero “nosotros”, ese que juramos cuidar, atesorar, acariciar, armar juntos. Las promesas más fuertes siguen guardados, con letras de oro, cada beso que selló nuestro cariño, cada suspiro que nos conecto hasta la locura, cada uno de nuestros dedos entrelazados caminando en un mismo sendero.
Puede que ese cajón sólo junte polvo de ahora en adelante, puede que alguno de los dos se anime a abrirlo alguna vez, pero así como está va a quedar.
Subo despacio, cargando las víctimas de este tormentoso momento y las acobijo dentro de allí, para que sanen, para que se transformen en buenos recuerdos otra vez.
Y entre suspiros y una lágrima perlada, cierro su cerrojo, le recito un “te amo”, un “hasta luego”, un “para siempre”...♡~
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