Ya es costumbre que llegué el fin de semana y encontrarme conmigo misma, sumida en mi cama con el pijama aún puesto a la tarde y preguntarme desconsolada:
Qué estoy haciendo con mi vida?
Aunque por momentos pienso que soy un poco estúpida al pensar que la vida depende de los demás y sin ellos, la mía no se encamina.
- No salís hace una semana. Ya van dos, Victoria... un mes.
La culpa no es de otros. Debo asumir mi culpa también.
No me siento cómoda con la soledad. Puede llegar a ser un manto reconfortante y abrigador que me hace sentir segura, en mi hogar...
donde tengo el espacio para escuchar mi cabeza y reflexionar cosas que pasé desapercibida en el día a día a causa de los ruidos cotidianos.
Cuando llega el fin de semana, el mundo se revoluciona y todos los que no tienen planes se sienten solos...
sentimos el peso de no saber dónde parar o a quién acudir para aprovechar el tiempo libre...
todo vale: amigos, pareja o alguna persona con ganas de hacer algo.
Algunas de estas veces me siento aún más estúpida al pensar que mi tiempo libre tengo que pasarlo con alguien sí o sí y vuelvo a caer, vuelvo a caer en la falsa soledad, en la misma trampa social de que dependo de otras personas... y sigo acá, en pijama, en la misma situación para volver a preguntarme...
Qué estoy haciendo con mi vida?

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